Cada fenómeno puede ser contado de miles de formas
diferentes así como miles son las interpretaciones que de ellas surgen. El
período histórico que abarca los años
1976 a 1983 fue dominado por una sangrienta
dictadura militar. Muchas películas con distintos enfoques se han hecho sobre
el tema. Algunas se ocuparon de lo que sucedía en los centros de detención y
exterminio de personas, sobre casos particulares de sobrevivientes, otras sobre
las agrupaciones políticas juveniles, una sobre episodios muy puntuales como
“La noche de los lápices”. La primera por ejemplo se llamó “La historia
oficial” y en ella la enorme Norma Aleandro vivía sin saber lo que pasaba a su
alrededor hasta que la realidad le estalló en su propia casa. Pero “Verdades
verdaderas. La vida de Estela” es la historia de una familia real atravesada
por el dolor, por la violencia en las fibras más íntimas de su ser. Lo que
vemos en la pantalla no es una explicación social, política o económica de lo
que sucedió. Es la tragedia que se posó sobre la familia Carlotto y lo que
sigue viviendo con la búsqueda (actual) de su nieto Guido, el nieto de la
presidente de las Abuelas de Plaza de mayo.
Y como si fuera una perfecta metonimia, Estela consulta en
el pre estreno en La Plata,
dirigiéndose a otras madres y familiares de desaparecidos: “diganme si no es la
historia de todos”. Porque como ella se encarga siempre de aclarar, ella es la
cara visible de Las Abuelas, pero son un grupo unido y corajudo, paciente y
sobre todo de amor.
Estela nos presta su relato que por su similitud con otros podría
ser también el de otra abuela. Pero es su historia, es su verdad, su intimidad
que se hace pública, porque los que alguna vez la escuchamos sentimos que
también es nuestra, que ella podría ser nuestra abuela, nuestra madre. Son
nuestras, las abrazamos porque ellas decidieron que la
lucha no era individual, la pelea no era ni es por el hijo de cada una, por
cada nieto particular sino que es por los 30.000 y por los 500.
Las actuaciones son impecables: Susú Pecoraro y Alejandro
Awada transmiten todos los sentimientos habidos y por haber con sus gestos, sus
miradas. No hay manera de no sentirse interpelado por el clima que se genera
entre ellos y el vínculo familiar que les toca vivir.
Es una película digna de ver, lejos de cualquier prejuicio
político que podamos tener. Lamentablemente este año hubo muchos que quisieron
desprestigiar la labor de los organismos de Derechos Humanos luego del
escándalo y la cauda judicial que involucra a Sergio Schoklender, ex apoderado
de la Asociación
Madres de Plaza de mayo. Pero la batalla pacífica y solitaria
que mantuvieron pese a todos los obstáculos fue de estas mujeres únicas y sigue
dando sus frutos todos los días. Ya son 105 los que recuperaron su verdad
verdadera y no hay nadie que se las pueda quitar.