Cuando somos chicos tenemos una tendencia a mirarnos o
tocarnos el ombligo con mucha insistencia al canto de “pupo, pupo”. Realmente
mi conocimiento en lo que hace al campo de los refranes populares es muy
escueto pero sé que hay una frase que tiene que ver con que si te tocás mucho
el ombligo te podés sacar pelusa o algo así. Pero creo que no hay ninguna –por
favor avisenme si me equivoco- que trate sobre la mirada hacia el ombligo.
Pienso que deberíamos armar un buen enunciado sobre el tema y que se disperse
por la gran matrix de la web 2.0.
Mirarse el ombligo propio es una actividad muy común en
estos días. Uno pensaría que es al revés, que las personas tienden a mirar el
ombligo ajeno para no ocuparse de sus problemas porque siempre es más fácil
opinar sobre los de los demás. Pero un poco de escucha de lo que dice “la
gente” me hace tambalear en este presupuesto. Cuántas veces en este último
tiempo de manifestaciones y elecciones políticas, gastronómicas, de identidad,
de género, deportivas, lo que sea, oímos decir: “toda la gente que conozco está
en contra de”, “no conozco a nadie que quiera que” y así en varias categorías
de la vida cotidiana.
Pensar que el puñado de individuos que conocemos, por muy
nutrido que sea, representa a un todo es más allá de una metonimia, un
reduccionismo. Pongámonos a ver entonces, me incluyo, qué hay más allá de
nuestro bosque. No hay todos o nadies. Siempre hay alguien que y otro alguien
que no.
Una extremista reclamando por matices. Y bue. A veces pasa.
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