Ella siempre le puso muchos condimentos a sus platos. El aroma que salía despedido de su cocina, en la que pasaba tanto tiempo, es imposible de describir. Pocas veces en mi vida pude volver a sentir un aroma similar. Vuelvo a escribir la palabra aroma porque el término “olor” significa otra cosa. Éste tiene un tufillo negativo cuando se lo pronuncia, en cambio “aroma” es sinónimo de buen cocinero. Y ella era buena cocinera. Abusaba del ajo, el perejil y el aceite pero solamente de esa manera obtenía semejantes resultados.
De a poco estoy aprendiendo a sumergirme en el arte culinario. Cada vez que preparo algo con elementos y sabores variados siento que estoy con ella. Hace poco comprobé que ella también estaba conmigo en mi cocina. Vinieron a cenar unos amigos y luego de que uno no quiso el segundo plato porque ya se había llenado me dijo fastidioso: - Yanina no quiero más, dejá de preguntarme, parecés mi abuela.
Ese comentario que a cualquiera le podría molestar me hizo sentir que podía confirmar mis sospechas. No puedo decir que cocine como ella porque mi Bobe Mary era una artesana inigualable pero algo de eso también me lo dejó en la sangre. Heredé su carácter, muchos de sus gestos y actitudes, la frenética manía de comerme las uñas, entre otras. Gracias a mi abuela polaca soy la única de mi familia que toma mate aunque ya no lo hago más con las pastillitas de edulcorante y el agua helada. Es que ella lo tomaba casi hirviendo, tantas veces me quemé la lengua, mi pequeña lengua de ocho años que cuando creció empezó a prepararlo tan frío que no lo podía compartir con nadie. Ahora tomo un mate digno de ser tomado pero no sé qué habría sido de mí sin esos mates edulcorados y calientes. Cuando rememoro esos momentos en su hogar de Paternal es también cuando siento que estamos solas ella y yo.
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