domingo, 20 de noviembre de 2011

Ardua tarea

Cada fenómeno puede ser contado de miles de formas diferentes así como miles son las interpretaciones que de ellas surgen. El período histórico que abarca los años 1976 a 1983 fue dominado por una sangrienta dictadura militar. Muchas películas con distintos enfoques se han hecho sobre el tema. Algunas se ocuparon de lo que sucedía en los centros de detención y exterminio de personas, sobre casos particulares de sobrevivientes, otras sobre las agrupaciones políticas juveniles, una sobre episodios muy puntuales como “La noche de los lápices”. La primera por ejemplo se llamó “La historia oficial” y en ella la enorme Norma Aleandro vivía sin saber lo que pasaba a su alrededor hasta que la realidad le estalló en su propia casa. Pero “Verdades verdaderas. La vida de Estela” es la historia de una familia real atravesada por el dolor, por la violencia en las fibras más íntimas de su ser. Lo que vemos en la pantalla no es una explicación social, política o económica de lo que sucedió. Es la tragedia que se posó sobre la familia Carlotto y lo que sigue viviendo con la búsqueda (actual) de su nieto Guido, el nieto de la presidente de las Abuelas de Plaza de mayo.
Y como si fuera una perfecta metonimia, Estela consulta en el pre estreno en La Plata, dirigiéndose a otras madres y familiares de desaparecidos: “diganme si no es la historia de todos”. Porque como ella se encarga siempre de aclarar, ella es la cara visible de Las Abuelas, pero son un grupo unido y corajudo, paciente y sobre todo de amor.
Estela nos presta su relato que por su similitud con otros podría ser también el de otra abuela. Pero es su historia, es su verdad, su intimidad que se hace pública, porque los que alguna vez la escuchamos sentimos que también es nuestra, que ella podría ser nuestra abuela, nuestra madre. Son nuestras, las abrazamos porque ellas decidieron que la lucha no era individual, la pelea no era ni es por el hijo de cada una, por cada nieto particular sino que es por los 30.000 y por los 500.
Las actuaciones son impecables: Susú Pecoraro y Alejandro Awada transmiten todos los sentimientos habidos y por haber con sus gestos, sus miradas. No hay manera de no sentirse interpelado por el clima que se genera entre ellos y el vínculo familiar que les toca vivir.
Es una película digna de ver, lejos de cualquier prejuicio político que podamos tener. Lamentablemente este año hubo muchos que quisieron desprestigiar la labor de los organismos de Derechos Humanos luego del escándalo y la cauda judicial que involucra a Sergio Schoklender, ex apoderado de la Asociación Madres de Plaza de mayo. Pero la batalla pacífica y solitaria que mantuvieron pese a todos los obstáculos fue de estas mujeres únicas y sigue dando sus frutos todos los días. Ya son 105 los que recuperaron su verdad verdadera y no hay nadie que se las pueda quitar. 

lunes, 7 de noviembre de 2011

La pelusa en el ojo ajeno


Cuando somos chicos tenemos una tendencia a mirarnos o tocarnos el ombligo con mucha insistencia al canto de “pupo, pupo”. Realmente mi conocimiento en lo que hace al campo de los refranes populares es muy escueto pero sé que hay una frase que tiene que ver con que si te tocás mucho el ombligo te podés sacar pelusa o algo así. Pero creo que no hay ninguna –por favor avisenme si me equivoco- que trate sobre la mirada hacia el ombligo. Pienso que deberíamos armar un buen enunciado sobre el tema y que se disperse por la gran matrix de la web 2.0.
Mirarse el ombligo propio es una actividad muy común en estos días. Uno pensaría que es al revés, que las personas tienden a mirar el ombligo ajeno para no ocuparse de sus problemas porque siempre es más fácil opinar sobre los de los demás. Pero un poco de escucha de lo que dice “la gente” me hace tambalear en este presupuesto. Cuántas veces en este último tiempo de manifestaciones y elecciones políticas, gastronómicas, de identidad, de género, deportivas, lo que sea, oímos decir: “toda la gente que conozco está en contra de”, “no conozco a nadie que quiera que” y así en varias categorías de la vida cotidiana.
Pensar que el puñado de individuos que conocemos, por muy nutrido que sea, representa a un todo es más allá de una metonimia, un reduccionismo. Pongámonos a ver entonces, me incluyo, qué hay más allá de nuestro bosque. No hay todos o nadies. Siempre hay alguien que y otro alguien que no.
Una extremista reclamando por matices. Y bue. A veces pasa.