Hace unos años escribí una nota para una revista que fue creada con mucho cariño pero que no sobrevivió a las personalidades tan diferentes de sus acalorados integrantes. En ella hacía referencia a la asunción de la ortodoxia a la presidencia de la AMIA Se titulaba “CADA 18” y estaba muy ligada a la impotencia y el rechazo que me causó ese hecho. En consonancia con esa situación, para que vean que resisto un archivo…esas sensaciones vuelven a aparecer hoy. Se manifiestan nuevamente frente a dos sucesos que ocurrieron en estos días/semanas y que pueden ser resumidos en el concepto de representación.
Por un lado, el 12 de abril se realizaron los comicios en la AMIA, cuyos resultados definitivos se conocerán en el próximo mes de junio. La principal disputa se da entre el sector ortodoxo de la comunidad, que actualmente detenta el poder de la mutual y persigue una hermosa política de segregacionismo tanto con la sociedad argentina en su conjunto como al interior del judaísmo. Uno de los últimos ejemplos más bonitos ocurrió el 8 de abril cuando “la jazanit (cantora litúrgica) del templo Lamroth Hakol, Yanina Meler, perdió su embarazo en el octavo mes de gestación. Su esposo, Pablo Kwasniewski, jefe de seguridad de la sinagoga AmiJai, fue a la AMIA para hacer los trámites y cuando comentó que su suegra era conversa, le dijeron que no podría enterrar a su hijo en los cementerios de la comunidad. De nada valieron las intervenciones de los rabinos Darío Feiguin y Fabián Skornik y los pedidos al vicepresidente y al titular de la entidad, Guillermo Borger. Lo sepultaron en el cementerio judío de Lomas de Zamora, que no es de la red. No eran judíos genuinos”. (Fuentes: diarios Perfil y Página 12).
El otro sector que más votos recaudó fue el que está liderado por el “progresismo” (término que multiplicó enormemente sus sentidos en los últimos años) judío, instituciones del movimiento conservador. Entre sus filas también hay figuras non santas que no supieron satisfacer las necesidades de una comunidad con demasiados flagelos.
Con lo cual, la principal batalla es por la continuidad o el cambio del trono.
Por qué traigo el concepto de representación a colación. Los ortodoxos se asumen como los representantes del D´s en la Tierra. El día de las elecciones ellos tuvieron varias actitudes de las que el D´s que dicen representar estaría cuanto menos avergonzado. Demostrando elegantemente su inmensa capacidad reproductiva, llevaron a sus hijos a votar, incluso chicos de 14 años. Luego, cual barras de la 12 “pechearon” a los que no son como ellos, a los indignos de la cualidad de lo genuino del judaísmo; les preguntaron “y dónde está tu bobe ahora” –haciendo alusión clara al slogan de campaña del partido Acción Plural- y cuando se dieron a conocer los resultados preliminares impusieron su antisionismo cantando “mashiaj, mashiaj, oi, oio, io, ioi” sobre el himno de Israel que estaban entonando los conservadores.
Una gran cantidad de personas no judías identifican a los ortodoxos como al conjunto total de los judíos. Por suerte muchos de nosotros no nos encerramos, nos educamos en instituciones universitarias nacionales, trabajamos y participamos de la vida diaria del país en el que nacimos y nos criamos. Y gracias a eso tampoco todos somos confundidos con el nuevo representante de la mano dura argentina porque lejos de representar a la colectividad, el rabino Sergio Bergman lo único que puede tener es otras banderas y acólitos. Lo rodean la sed de poder, la injusticia, la represión, la ignorancia, la confusión y personajes tan entrañables como el diputado salteño Olmedo, acusado de explotación y trata de personas o Mauricio procesado por escuchas, destructor de nuestra ciudad, etc (seguir la lista sería una aventura del tamaño de escribir el libro gordo de petete).
Memoria Activa publicó días atrás una declaración en la que aclaraba que el rabino, devenido político, formó parte de esa organización que reclama justicia solamente en sus primeros dos años y luego la abandonó así como sus presencias en Plaza Lavalle. Hoy este señor es cabeza de la lista de legisladores del PRO que se presentan en las próximas elecciones.
Mientras tanto nadie se hace cargo de la situación educativa y comunitaria en general en la que estamos inmersos. El cierre de escuelas fue creciendo y creciendo, gestión tras gestión. La deserción del sistema fue muy feroz porque muchos no pudieron seguir pagando las altísimas cuotas que piden los colegios conservadores pero tampoco quieren plegarse al fanatismo y el oscurantismo de la red ortodoxa que es capaz de regalar una casa para conseguir una familia más que obedezca sin cuestionar y que asuma la tarea de sumar adeptos entre sus filas.
¿Qué hay que hacer entonces para terminar con este nauseabundo conflicto de intereses y que la AMIA y la comunidad vuelvan a ser de todos?
CADA 18
Probablemente muchos hayan leído durante el mes de junio un polémico debate alrededor de la cuestión de quién es un judío GENUINO y quién no lo es. La antigua ley judía (Halajá) determina que pertenece a esta religión aquel que nace de un vientre judío. Hasta aquí este sólo sería un marco que podría tener más o menos polémica pero es una antigua ley que en su momento así se estableció.
Lo cierto es que la nueva dirigencia que asumió en AMIA el pasado 13 de junio, parecería haber creado unos anexos a esta antigua ley, que le permiten establecer nuevos criterios de exclusión o de membresía para definir quiénes son los que quedan de cada lado del tablero. Los nuevos líderes de esta institución son ortodoxos, los más acérrimos observantes de las tradiciones judías, y es por eso que creen que pueden dividir a la comunidad de acuerdo a la calidad y cantidad de sus prácticas espirituales. Y de esta manera decidir quién es realmente miembro de esta religión, quién es más o menos judío, y en base a eso poder ser merecedor del mote “genuino”.
Durante todo este tiempo nunca pudieron convivir con demasiada tolerancia los distintos niveles religiosos a pesar de pertenecer a la misma religión. Pero la novedad es que, por primera vez, estos dogmas (los ortodoxos) llegan al liderazgo de una de las instituciones más importantes para la vida de la comunidad judía argentina.
Lógicamente, las reacciones no se hicieron esperar y, la ahora, ex dirigencia de AMIA, declaró su indignación. Es muy lamentable no haber escuchado nunca declaraciones con resonancia nacional (como las publicadas por Clarín) producidas por estos mismos líderes políticos que tanto tiempo “trabajaron” por la comunidad, cada vez que se cerró un colegio con educación judía o un centro juvenil, diezmando uno de los pilares de cualquier colectivo humano, que es la educación.
Pero no es la primera vez que se produce una fisura tal en la comunidad judía, tampoco en la AMIA ni mucho menos en nuestro país. Este mes de julio se cumplen 14 años del brutal atentado a la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). AMIA nació como un emprendimiento de los primeros inmigrantes judíos que llegaron a nuestro país y querían seguir manteniendo la tradición de sus orígenes.
En el año que estaban festejando su 100° aniversario, 85 vidas quedaron sepultadas debajo del éxito de la impunidad. Las divisiones entre integrantes de la comunidad se dan hasta en los familiares de las víctimas de la AMIA y la Embajada de Israel. A pesar de compartir un objetivo noble, estos, no pudieron mantenerse juntos en su reclamo de justicia. Actualmente hay tres organizaciones que funcionan por separado y que, incluso, realizan actos divididos: ellos son APEMIA (Agrupación por el Esclarecimiento de la Masacre Impune de la AMIA), MEMORIA ACTIVA y FAMILIARES y AMIGOS DE LAS VÍCTIMAS.
Recuerdo que en el quinto aniversario de la explosión de la bomba, se organizó un acto frente a la sede donde una de los familiares de las víctimas realizó un discurso que, a mis 15 años de edad, sentí que me penetraba en cada una de las fibras de mi cuerpo. Es esa la sensación que a muchos nos invade cuando vamos a un acto de recordación por algo tan doloroso, se nos pone la piel de gallina y hasta nos tiemblan los pies. Pero el 18 de julio de 1999 cuando escuché a Marina Degtiar decir la palabra ASCO en repetidas ocasiones durante su discurso, no sentí sólo piel de gallina, sentí que estaba expresando algo que volvería a cobrar significado en miles de momentos hacia atrás y hacia delante.
Por ese entonces todavía nos gobernaba el “señor” Carlos Saúl Menem quien fue nombrado en reiteradas ocasiones por la hermana de una de las víctimas del atentado;
Marina decía:
"Señor Presidente: su desinterés y su silencio, resultan cada vez más vergonzosos. Su sospechosa actitud y la cada vez menos comprensible falta de decisión política para resolver la tremenda masacre, que no hace más que perpetuar en la historia argentina la impunidad, bandera que enarbola su gobierno, nos da asco".
Cada vez que ella pronunciaba este latiguillo, los asistentes la repetían con mucha fuerza. Esto para mí no significó sólo el repudio hacia nuestra dirigencia política, corrupta y encubridora. ASCO es lo que siento cada vez que las eternas ansias de poder nublan la vista y el accionar de los líderes no sólo nacionales sino comunitarios. En el tercer aniversario del atentado, los dirigentes de AMIA y DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, la entidad que se ocupa de los aspectos políticos y diplomáticos de la comunidad), en ese momento, Rubén Beraja y Oscar Hansman, concurrieron a la Casa Rosada a pedir disculpas por las palabras que los familiares de las víctimas habían pronunciado denostando al gobierno y reclamando justicia. Este tipo de actitudes, lamentablemente, se reiteraron permanentemente en nuestra historia reciente.
Con una mezcla de sensaciones tan fuertes como el asco y la tristeza, vemos la división, la polarización, siempre tapada por los verdaderos intereses ocultos, desde lo más chiquito, una comunidad, a lo más enorme como es nuestro país. Muchos miembros de la colectividad escapan a estas distinciones entre observantes, practicantes, creyentes y demás, los tiempos cambian y no todo puede mantenerse igual, congelado en el tiempo. Pero hay algo que tiene que prevalecer sobre todas las cosas, que es la no confrontación, que cada uno pueda manifestarse y vivir su religión sin tener que sufrir las consecuencias de ningún dedo acusador pero tampoco de las acciones destructivas de los que se ven cegados por el poder. Ojalá, no peque de ilusa o utópica por esperar que algún día, nuestros representantes hagan primar los intereses generales a los particulares.
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